martes, 25 de septiembre de 2012

Nueva mortandad de truchas en el Parque Natural del Alto Tajo, esta vez en el río Gallo



El Gallo cerca de Prados Redondos
Truchas muertas en uno de los charcos ya sin oxígeno y
a punto de secarse. Éstas son algunas de los cientos
de truchas que podían todavía observarse. El resto
lo fueron devorando las alimañas.

El año pasado la Sociedad de Pescadores “Río Gallo” de Molina de Aragón denunció ante la Delegación Provincial de la Consejería de Agricultura y Medio Ambiente en Guadalajara la mortandad de miles de truchas comunes en el río Cabrillas a consecuencia de la sequía. Este año se ha hecho lo mismo debido a las análogas circunstancias que han concurrido en el río Gallo a su paso por los términos de Pradilla, Prados Redondos y Chera. Se ha denunciado no sólo por nuestra condición de pescadores afectados, sino —y más importante— porque es nuestra obligación moral como ciudadanos advertir a los poderes públicos de este tipo de contingencias, las cuales no afectan sólo a la pesca, sino al entorno social y ocasionan graves consecuencias al medio natural. Fueron los propios agentes medioambientales y algunos pescadores quienes primero detectaron tan preocupante situación cuando había tiempo más que suficiente para paliarla. La Sociedad de Pescadores “Río Gallo”, por medio de su presidente José Villanueva, remitió urgentemente escrito de denuncia a aquella Delegación a la vez que solicitaba la toma de medidas para poner a salvo los cientos de truchas fario que, de otro modo, morirían. Y así fue, murieron, pues, como el año pasado, la Delegación hizo oídos sordos a la demanda de la Sociedad de Pescadores, y no empleamos aquí la metáfora a humo de pajas, sino, antes al contrario, en su sentido literal, puesto que la Delegación ni siquiera se molestó en responder. Sí lo hizo en conversación informal argumentando que la sequía era un fenómeno natural y que, por mor de las —debió pensar el comunicante— leyes inexorables de la naturaleza, esas truchas “debían” morir. A lo que nuestro receptor —con mejor criterio— preguntó si, por la misma inexorable razón, se dejaría arder el monte como consecuencia de un fenómeno también natural como la caída de un rayo.
Nosotros nos preguntamos por qué ese empeño en que las truchas mueran, pero nos negamos a admitir que ese empeño sea voluntario. Pensamos más bien que —como describía Franz Kafka— nos enfrentamos a un conjunto de “animales administrativos” cuya condición, acaso también natural, se defina por la dejadez, la incuria, la galvana...
Lo que el ciudadano debe saber es que las situaciones que relatamos aquí afectan a un paraje regido por normas especiales y de especial cuidado como es el Parque Natural del Alto Tajo.
Y debe saber también el ciudadano que las actuaciones de la Administración Autónoma están informadas por la Ley 1/1992 de Pesca fluvial que, en esta materia, ella misma promulgó para su territorio, cuyo Título I, artículo 1º, señala como un principio general “la protección, conservación, fomento y ordenado aprovechamiento de los recursos de pesca en todos los cursos y masas de agua” y cuyo Título III se dedica íntegramente a “la protección del medio acuático y de las medidas conducentes a la preservación de los hábitats de las especies de pesca.” Aquí manifestamos que esto no se ha hecho.
Lo dijimos la vez anterior y lo reiteramos ésta: esas mortandades adquieren auténtico rango de catástrofe desde el punto de vista social y medioambiental y la responsabilidad de su corrección es de la Administración. Esta responsabilidad se supedita a una escala jerárquica y cada escalón tiene nombres y apellidos. Más aún cuando (al menos en los casos denunciados) la Ley que citamos en el párrafo anterior se incumple.